Existen lugares maravillosos que son
poco visitados debido a su difícil acceso, otros olvidados bajo un espeso manto
vegetal, o aquellos que son recuerdo en alguna fotografía antigua, incluso
sitios cuyo esplendor solo puedes adivinar a través de su raído esqueleto, pues
sucumbieron ante las malditas guerras y la dejadez.
Sin
embargo el lugar al que nos acercamos hoy, no cumple con ninguna de las
condiciones anteriores, nuestro protagonista ha estado sumergido bajo el agua
durante más de ochenta años, aguantando las corrientes subterráneas, el fango,
los corrimientos de tierra de los grandes escarpes que lo abrazan…
Y tras ocho décadas, cuando ha
tenido la oportunidad de asomarse de nuevo, lo ha hecho con su porte original,
con las fabulosas trazas que le dieron sus constructores, picapedreros de lo
antiguo que marcaban su trabajo con su propia firma. El puente de Castellote ha
decidido mantenerse erguido para que los que no tuvimos oportunidad de
disfrutarlo en el pasado lo hagamos ahora, en esta tregua hidrológica que ha
supuesto para él el desembalse del pantano de Santolea.
Era una soleada mañana, por suerte
las nieblas navideñas habían afectado poco a Castellote, por lo que teníamos la
esperanza de que parte del barro depositado en el fondo del pantano, ya se
hubiese secado dos semanas después de finalizado por completo el desembalse,
permitiéndonos alcanzar nuestro objetivo sin dificultad.
No pudimos resistir la tentación de
acercarnos a los diferentes miradores existentes en las dos carreteras que
recorren el embalse por uno y otro margen. La verdad es que la garganta que el
Guadalope ha moldeado, seccionando en dos partes el macizo montañoso que une
las sierras de los Caballos y la Manedella, es espectacular.
En este lugar, el segundo río más
caudaloso de la margen derecha del Ebro, esta cercado por majestuosos escarpes rocosos, coronados por un
esplendoroso bosque mediterráneo. Escarpes calizos a los que la erosión ha
labrado balmas colosales, abrigos que muy probablemente fueron usados como
cobijo por nuestros ancestros. Incluso alguno de ellos, llora liquido elemento
que se desliza por la caliza dejando un surco verdoso.



Ver emerger del lodo los restos
constructivos de las masías que en otro tiempo llenaron de vida el valle de
Santolea y el fondo del cañón, pone los pelos de punta. La masía del Puente, el
masico del Lamberto, el masico de Requena, el masico del Francho de la Podenga,
la masía de Francho y Medio… nombres que han quedado grabados en antiguos mapas
cartográficos. Lo que en otro tiempo fueron templos de vida, lugares de gran
arraigo familiar, hoy son solo muros ajados, semisepultados por
el lodo, coloreados por el tarquín que se adueño del pantano los últimos días
de su desembalse.
Se distingue la antigua carretera de
Santolea, que discurría por la margen izquierda del río, en el fondo del
desfiladero, horadando incluso uno de los grandes muros de caliza.
En la zona de la presa, sorprende
verla en toda su dimensión tanto por un lado como por el otro. Son visibles
incluso las rejas por las que el agua se despeña sobre las turbinas de la
central hidroeléctrica que esta a los pies de la cara norte del gran muro
artificial. Y mas llamativo aun es ver por primera vez donde esta la captación del desagüe de fondo, aguas
adentro del embalse, y los grandes muros que se construyeron para tal fin.
Aunque si algo nos sorprendió sobremanera en las cercanías de la presa, fueron dos elementos particularmente extraños,
desubicados, un patinete de pedales como los que encontramos en la playa y los
restos semienterrados de lo que parecía ser una antigua Citroen 2 CV. ¿Cómo
acabo eso ahí?




Finalmente, tras disfrutar del inédito
paisaje que nos han brindado las circunstancias, ponemos rumbo hacia nuestro objetivo.
La verdad es que no fue fácil llegar a él, pero no porque el acceso sea
complicado, sino porque por miedo a que el espacio que ocupa el pantano todavía
no fuese lo suficientemente sólido para caminar por él, decidimos dejar el
coche junto a la carretera, descender caminando hasta los restos de una antigua
paridera y desde allí bajar directamente al encuentro del puente.
Posteriormente pudimos comprobar que el camino por el que discurría la antigua
carretera, en zona inundable, estaba totalmente seco.
A partir del viejo corral el talud
es muy pronunciado, no apto para personas con vértigo, y se necesita un calzado
con el suficiente agarre para no sufrir una caída desafortunada. Eso si,
finalmente llegamos al inicio del desfiladero donde se asienta el viejo puente
castellotano.
El puente resulta sorprendente desde
la distancia y no decepciona una vez estas junto a él. Esta construido en
sillares homogéneos, encajados con precisión milimétrica. Entre el firme y los
muros de sillar encontramos unas cornisas pétreas, colocadas simétricamente,
que dotan al conjunto de una personalidad propia. Ha adquirido una tonalidad
marronacea debido al fango que durante todos estos años ha “protegido” su
estructura, pero sigue manteniendo su prestancia, su fabulosa apariencia de
estructura antigua.
El arco principal, concebido para
que el río pasase bajo él, es de medio punto, de gran altura, pero también
encontramos un arco apuntado soportando la estructura del firme en la margen
derecha, justo en el lugar donde el puente realiza un giro de casi noventa
grados. En la margen izquierda es visible un pequeño arco de aproximadamente un metro de ancho, casi
con toda probabilidad el paso de alguna acequia de riego.
Pero si algo llama especialmente la
atención son las marcas de cantero que adornan los sillares de la construcción.
Cruces, estrellas, eles, eles invertidas, flechas… no cabe duda alguna de que
es un puente de origen vetusto. Incluso diría que alguna de aquellas marcas
tiene coincidencias con las que podemos encontrar en el castillo y en el
lavadero de Castellote. Según me comento el santoleano José Aguilar,
responsable de la interesante pagina Web
www.santolea.org, este puente
formaba parte de un camino principal procedente de Villarroya de los Pinares.
Echo un último vistazo al “Puente de
Castellote” y me pregunto: ¿Será la última vez que lo vea? O peor ¿Será la
ultima vez que cualquiera pueda verlo? Espero y deseo que no. Ojala no cometan
la desfachatez de derruirlo. Este maravilloso puente debería descansar donde pueda ser visitado por
todos, no volvamos a cometer un ”Santoleacidio”, no volvamos a destrozar el
patrimonio, los recuerdos, la historia, la vida de nuestras comarcas.
En el pasado se dinamito un pueblo entero de forma injustificada,
hagamos al menos que el traslado de esta construcción a un lugar seguro, donde
pueda ser admirado por las generaciones futuras, sirva como símbolo y recuerdo
de aquel injusto desalojo, de aquella incomprensible voladura.
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