" Cada salida, es la entrada a otro lugar"


Este blog pretende transmitir la belleza y peculiaridad de lo cercano, los lugares que nos transportan en el tiempo y en el espacio. Rincones de nuestra geografía mas próxima que nos dejen sin aliento o nos transmiten una paz necesaria en momentos de dificultad. Espero contribuir a que conozcamos un poquito mas dichos lugares, y a despertar la curiosidad del lector para que en su próxima salida, inicie la entrada a otro lugar... un lugar al que viajar sin necesidad de sacar billete
.







miércoles, 24 de septiembre de 2014

CASTILLO DE PEÑAFLOR



Existen lugares que nos atraen irracionalmente. Que nada más verlos despiertan en nosotros la imperante necesidad de visitarlos. Que, pese a su estado ruinoso o su descuidado aspecto, calan en nosotros de manera especial.

Eso es lo que yo sentí la primera vez que vi una fotografía de nuestro protagonista de hoy. Sus siluetas despertaron en mí curiosidad, necesidad y enorme interés por conocer. Aquellos restos, casi dibujados sobre la roca, seguro guardaban en su interior una historia digna de ser contada.

Y os puedo asegurar que cuando decidí escribir sobre el castillo de Peñaflor nada sabía de su pasado. Y menos aún que Huesa del Común y Alcorisa compartíamos algo allá por el siglo XIII: Don Pelegrín de Atrosillo fue señor del Castillo de Huesa al igual que del de Alcorisa.

Huesa del Común está a unos 66 kilómetros de Alcorisa y pertenece a la comarca de Cuencas Mineras. Escondida en el cauce del rió Aguasvivas, fue una plaza de importancia capital en la llamada “Reconquista”.

Iniciamos nuestro camino por la A-223 en dirección a Andorra, y una vez allí, tomamos la pista minera que nos conducirá al cruce entre Ariño y Oliete. Me fijo en la maquinaria, dos enormes dumper blancos ya en desuso, que se ha quedado apostada en el lugar donde su motor rugió por última vez. Podemos considerarlas ya patrimonio industrial de nuestras comarcas. 

Una vez en el cruce, pasado ya el enorme complejo industrial que todavía trabaja en el tratamiento del carbón, giramos a la izquierda en dirección a Oliete, dejando a mano derecha el enorme “boquete” de la sima de San Pedro unos kilómetros más adelante.

Sin dejar la A-1401, dejando atrás la travesía de Oliete, llegamos a Muniesa, localidad famosa por las dos torres que adornan su casco urbano. Sin duda cualquiera de las dos, tanto la de su iglesia parroquial como la de la ermita de Santa Barbará, formarían parte por derecho propio de una guía explicativa de las torres más bonitas y curiosas de nuestra provincia.

Después de una breve parada para observar con detalle la singular figura que corona una de las torres, nos ponemos de nuevo en marcha en dirección a Cortes de Aragón. Es poco antes de llegar a esta localidad cuando tomamos el cruce a la derecha que nos lleva hasta el protagonista de nuestra excursión. Son apenas 15 minutos en una carretera de firme irregular de un solo carril, desde la que pronto podemos contemplar la imponente silueta del viejo castillo de Peñaflor.


Una vez en el pueblo, y tras preguntar a uno de los amables vecinos de la localidad, ascendemos por sus asimétricas calles, probablemente de origen árabe, hasta la parte de atrás de la deteriorada iglesia. Allí aparcamos el coche, justo enfrente de la estrecha senda que nos conducirá al abrazo de los imponentes muros que todavía quedan en pie sobre la roca.

Basta una mirada para saber que aquel castillo fue algo más que una simple fortaleza reconquistada. Que aquella construcción encaramada sobre las salientes calizas de la montaña tuvo una gran trascendencia en la historia de estos asolados parajes. Ya en el ‘Cantar del Mío Cid’ aparece la localidad de Huesa, y por ende su castillo, atacado por el mismísimo Cid Campeador en el año 1082.

Entonces  se  trasladó  mío  Cid  al  puerto  de  Alucant, desde allí atacó mío Cid a Huesa y a Montalbán, en aquella correría diez días tuvieron que emplear.
Versos 951 y ss. CMC

                Fue probablemente construido por la marca superior de Al Ándalus, con el fin de proteger uno de los caminos de acceso  a  una de sus  fortalezas  principales, Montalbán. La tenencia cristiana de esta fortaleza se data definitivamente desde 1154, cuando es conquistada por los señores de Belchite. Su emplazamiento inexpugnable jugó un papel decisivo en la reconquista del resto de las Cuencas Mineras, incluida la fortaleza de Montalbán.

                Asienta su estructura sobre unos 50 metros del roquero de caliza que corona toda la longitud del cerro. A la izquierda todavía conserva los enormes e imponentes muros de una de sus torres lo que le da un aspecto grandioso al conjunto. Y en el centro del recinto, distinguimos perfectamente la estructura de lo que fue otra alta y esbelta torre. Toda la longitud de su estructura está salpicada por trozos de muro de mampostería de diferentes tamaños. Desde luego, ver esta fortaleza en su máximo esplendor tuvo que ser algo espectacular.    
         
                Comenzamos a ascender por el serpenteante camino que sube con dificultad por la ladera. Ya se empiezan a distinguir restos de la antigua estructura defensiva, incluso todavía está en pie parte de lo que fue una torre albarrana que daba acceso al segundo recinto amurallado.

                Conforme ascendemos, una extraña sensación me invade. Estamos siguiendo un camino por el que, hace casi 800 años, Don Pelegrín de Atrosillo, segundo señor de la aldea y castillo de Alcorisa, subió para tomar posesión de esta otra plaza entregada a su persona por Jaime I el Conquistador. Alcorisa y Huesa, dos territorios unidos por un mismo señor.

                Es increíble que aquellos altos y enormes muros, amputados en toda su estructura, todavía sean capaces de aguantar los envites del tiempo y los elementos. Toda la construcción está hecha en mampostería, piedra y argamasa, con las esquinas de sillar. Los musulmanes utilizaban la argamasa (cal, arena y agua) y la piedra sin labrar, en la mayor parte de sus construcciones. Esto les permitía aprovechar la dureza de la mezcla para hacer muros muy anchos y de gran envergadura.

En la roca que soporta la fortaleza distingo una enorme herida, una brecha natural que bien parece la entrada a un recinto secreto o la salida de un túnel de huida. Al acercarme al lugar me doy cuenta que es una especie de sima que realiza un giro de 180 grados dentro de la roca donde se pierde su pista. Me pregunto si algún valiente espeleólogo se habrá adentrado en aquel extraño agujero.

Subimos el último repecho de arena suelta y entramos en lo que fue el recinto amurallado del castillo. Tiene apenas cinco o seis metros de achura. Tuvo que ser una fortaleza sensacional antes de que Ramón Cabrera la condenara, en 1838, al tomarla como posición de defensa en su guerra con el ejército isabelino. Jamás recuperaremos todo el patrimonio que nos robaron las malditas guerras carlistas.
Me fijo en un extraño ventanal. Un sillar enorme incrustado sobre el muro de mampostería con una hendidura redonda en su centro. Los pequeños detalles son siempre los que nos dan una idea de la enorme habilidad constructora de aquellos que edificaban estas construcciones en lugares imposibles, y que aun hoy, sin la intervención humana, hubiéramos podido disfrutar.

El castillo está situado sobre un roquero rodeado por el meandro que dibuja el rio Aguasvivas a su paso por Huesa. El lado sur de la construcción está delimitado por un rasgado acantilado de roca caliza y altura considerable que cae a plomo sobre el cauce del rio. Un cauce estrecho, en el que todavía perviven pequeñas  huertas y un viejo molino. En el extremo oeste de la edificación el roquero está como recortado. Da la sensación que aquel pequeño hueco entre el muro de roca natural era el acceso original al castillo. Al norte, dibujado por un melancólico paisajista, el pueblo y las choperas junto al río contrastan con el amarillo de la cebada recién segada y el gris de los numerosos alcores, sin capa vegetal, diseminados por el lugar.

Nos adentramos en las construcciones que todavía continúan en pie. Restos de una pequeña bodega o aljibe, escaleras, grandes muros y ventanales, estructuras imposibles construidas sobre el abismo.  En las dos torres todavía se nota la mano de los  constructores de la marca superior, a los que les gustaba utilizar el ladrillo viejo para las cosas más delicadas (arte mudéjar).

Sin lugar a dudas, pese a su deterioro, las grandes estructuras que todavía quedan en pie permiten entender la importancia de esta enorme fortaleza. Es fácil imaginar al Cid Campeador observando este lugar impresionado, buscando su punto débil. El rincón exacto donde un castillo inexpugnable se convierte en accesible. Cuantas cosas podrían contarnos las piedras si fuesen capaces de susurrar.

Abandonamos la fortaleza con la sensación de que pisamos el mismo suelo que grandes personajes que, por unas circunstancias u otras, han sido parte importante de la historia de nuestra bella provincia. El Cid Campeador, Ramón Berenguer IV, Jaime I El Conquistador, Galindo Jiménez, Pelegrín de Atrosillo, el Temple o la familia Luna de Illueca, la del Papa luna, a quien Alfonso IV vendió el castillo y sus tierras en 1328.  Tras los muros, en su mayor parte caídos por el desagradable vicio de destruir que tiene el ser humano, se congregaron una serie de personajes cuyos nombres serán siempre recordados. Gentes que vieron en este bello rincón de las cuencas mineras un lugar inigualable, una plaza extraordinaria en la que apoyarse para conseguir sus fines y objetivos.


“Huesa y Alcorisa unidos por un mismo señor allá por el siglo XIII”. Esa es la frase que no dejo de repetir en el camino hasta el coche. ¿Merecería esto un hermanamiento? Esa será otra de tantas historias…